martes, 14 de febrero de 2012

Miles, Sartre y las bananas. (F: José de la Colina)



El 28 de septiembre de 1991 en un hospital de Santa Mónica se apagó, a sus 65 años y a su medio siglo de soplar música, uno de los grandes jazzmen de todos los tiempos y desde luego uno de mis tres o cuatro favoritos: el gran Miles Davis.


Miles, el poeta de la trompeta cantante, el sucesivo mago del bebop, del cool, del hardbop, de la íntima melodía en sordina de trompeta de acero Harmon.
Miles, el gran improvisador que, siguiendo el hipnótico ritmo del andar de Jeanne Moreau por la noche parisiense, hizo de la mediana película Ascensor para el cadalso,de Louis Malle, una película inolvidable por la aportación de sus monólogos trompetísticos en alternancia de frases cortas y largas.


Miles, que puso en una dimensión milesiana los temas de la ya por sí misma portentosaPorgy and Bess, la ópera-jazz  de Gershwin, y que jazzificó como nadie lograría, o no se atrevería a hacerlo, las saetas del cante flamenco, y el adagio del Concierto de Aranjuez y los ritmos africanos orientales, y, sobre todo, tradujo a trompeteo las voces solitarias, interiores, monologantes en infinitas calles nocturnas, de las grandes ciudades de los EEUU, trazando en el impalpable espacio nocturno una línea sonora como una raya de gis o de punta de navaja en un gran muro: una ondulante línea que era un flotante soplo musical en volutas, en espirales, en estrofas de puro poema sonoro que aspiraba a la eternidad y que quedará siempre en mi recuerdo y en el de todos los desvelados que, cada uno en su noche, y quizá sin sabernos copartícipes en algo como un culto, oímos el diálogo de Miles con la trompeta y de los dos juntos navegando la noche…


Y cómo olvidar, cuando oyes el soundtrack de Ascensor para el cadalso, eso que cuenta Boris Vian en la contraportada de la cubierta del disco homónimo (Fontana 460.603 ME-1957): ese momento —ocurrido durante la grabación de la música de fondo para la película, cuando la briosa trompeta de Miles ponía monólogos mentales de puro jazz a los personajes de Jeanne Moreau y de Maurice Ronet— en que un pequeño fragmento de la piel de Miles se le desprendió de un labio, entró en la boquilla de la trompeta y la obstruyó parcialmente, alterando el sonido, y eso no interrumpió el soplo prodigioso, pues Miles, “como esos pintores que deben al azar la inusitada calidad plástica de un erróneo pincelazo” (dice atinadamente Vian), siguió soplando y modulando gustosamente ese inesperado raro sonido tratándolo en una serie de maravillosas, milagrosas, miliunanochescas y milesianas variaciones del tema que resultarían inolvidables, porque la serie de takes de la grabación (las plages, que dicen los franceses), meramente puestas una tras otra, vienen a ser algo así como el Ricercare o la Ofrenda musical del jazz… Y disculpe, don Johann Sebastian Bach, pero si algún jazzman habrá tenido una suerte de genio bachiano, a su modo y puesto al día, ése habrá sido el trumpet player Miles Davis. 


Y además cómo olvidar aquella anécdota que implica a Sartre, Vian y Miles.
En tiempos que se sentía modernísimo porque dirigía Les Temps Modernes, el filósofo Jean-Paul Sartre, el gran gurú del existencialismo marxista, solicitó a Boris Vian —el autor, en dicha revista, de los únicos textos no burridos: las “Crónicas del mentiroso”—  para que lo guiara en un viaje exploratorio por aquellas caves de Saint-Germain-des-Prés en las cuales, más que filosofear sobre l’éxistence, se prefería tocar y oir jazz (cosa mucho más apasionante aun considerada desde un punto de vista filosófico). Vian, por cierto, era el hombre más adecuado para esa nocturna exploración en la parisiense selva del jazz: buen conocedor del asunto, era además buen trompetista amateur (aunque no tocaba la trompeta sino la trompineta). Y en la cave Tabou, en la cual hasta la madrugada había insonnes y gozosas jam-sessions a cargo de los miembros del Hot Club de France, Sartre, que tenía el primer contacto con el fenómeno jazzistíco, del cual algo habrá disfrutado, pero sin comprender nada (y es que acaso no sabía que el jazz, aunque sea improvisación, se perpetúa en los discos), dijo una solemne tontería que iba más o menos así: “El jazz es  gozable en el momento, pero luego tan desechable como el pellejo de las bananas”.  Y resultó que en esa ocasión allí estaba Miles, que daba en París una serie de conciertos y era amigo de Vian. Y Miles oyó a Sartre y pidió a Boris que tradujera, y, al saber de qué iba el “aforismo”, susurró de modo muy audible que el filósofo era un “sonababich”, es decir: un son of a bitch: “un hijo de perra”. Y desde ese momento Sartre estuvo toda la noche silencioso y masticando la pipa, pero un mes después publicó en Les Temps Modernes un artículo en el que, a partir de su desdichado aforismo con bananas, desplegaba una deslumbrante ignorancia acerca del jazz. Además (¿como inexplicable consecuencia de aquel nimio suceso?) empezó a rechazarle los artículos a Vian.


Vian no era insistidor y dejó la revista. Tampoco era rencoroso, y en su bonita novela neorromántica y jazzofílica La espuma de los días (en la cual inventó el pianocktail, un aparato que producía una música que a su vez producía cocktails de diversos sabores y colores) hizo del filósofo pelma un cómico personaje secundario con nombre y apellido algo trastocados: “Jean-Saul Partre”.

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