martes, 21 de febrero de 2012

Disyuntivas: En este oficio los errores salen caros, final. (F: Eduardo Huchin Sosa)



Era un momento histórico. El patio del antiguo colegio de San Julián se encontraba a reventar entre académicos de toda Hispanoamérica, reporteros e invitados especiales. Había, además, una tensión en el aire que sólo podíamos percibir tres personas: la asistente que me había contactado, el presidente y yo. Entre nosotros se extendía un río de catedráticos gordos y reporteros con prisa. Yo, desde la tarima, fingía ser un miembro del Estado Mayor, mientras que a unos metros el mandatario saludaba a los académicos de las primeras filas. 


Hacía un par de horas que el presidente y yo habíamos coincidido en la habitación azul. En un acto sin protocolos, le había entregado el texto impreso. 40 cuartillas de redacción perfecta. La asistente personal había revisado cada hoja en silencio. Le dijo al mandatario que era simplemente magistral. “¿Nada de rimas?”“Nunca había visto tanta variedad de terminaciones, señor”, fue la respuesta. Y he de admitir que, de todas las cosas en las que me he metido, ese engargolado era lo más cerca que me he sentido de la literatura.


Un aplauso unánime me hizo advertir que el mandatario había subido al podio. Dio la bienvenida a todos los visitantes y sin más preámbulos comenzó a leer. ¿Han escuchado cómo suenan sus escritos en la voz de un presidente? Debería hacerlo. Deberían hacerlo si están pensando en ser escritores: terminas asqueado de todas tus palabras.


Sin embargo, pensé, para los fines que me han traído hasta esta situación, la cosa marchaba como todos hubiéramos deseado. O eso parecía. Podía adivinarse cierto gozo en los gestos del mandatario que me hacía pensar que no la estaba pasando nada mal. Era como si lograra recuperar la autoestima con cada párrafo que dejaba atrás. Me resultaba conmovedor y al mismo tiempo vergonzante.


Fue el académico panameño –situado en el extremo izquierdo de la fila- el primero en poner rostro de confusión. Murmuró algo a su compañero ecuatoriano. Después fue el guatemalteco quien alzó los brazos como si protestara. El colombiano dijo: “¡Oiga!”, aunque el de al lado lo mandó a callar. El argentino se puso de pie. El que había callado al colombiano produjo una suerte de chillido. Alguien se agitó, creo que el académico de Honduras. El de Chile pidió un doctor. El presidente seguía leyendo como si abajo no sucedieran cosas.


Los auténticos miembros del Estado Mayor bajaron a calmar los ánimos, aunque sabían que no era pertinente usar la prepotencia. Todos los académicos eran viejos, se mostraban afables y habían llegado al país con los gastos pagados. La asistente me miró. No tenía idea de qué sucedía: nada de malas pronunciaciones, ningún error gramatical, ningún juego de palabras engañoso. ¿Por qué estaba el discurso –y la carrera del presidente y la carrera de ella misma- yéndose por un barranco?



En las primeras filas las cosas iban de mal en peor. Todos el Estado Mayor presidencial intentaba calmar a treinta señores de edad. Y si has lidiado con un anciano en la fila del cajero automático, sabes lo que eso significa. Por supuesto que el zafarrancho fue creciendo: era el puto caos. Gritos de un lado, insultos del otro. Todos hablaban al mismo tiempo. Y nunca son suficientes las cámaras fotográficas ni las cámaras de televisión cuando el desastre está aconteciendo con lentitud. Y cuando ni siquiera puedes explicar por qué, pero sientes que todo se está viniendo abajo frente a tus ojos.


Había cosas más graves que atender y yo pasé a segundo término. Seguridad Nacional se olvidó de mí y, para ser honestos, era fácil confundirme con toda la gente que había asistido. Caminé con lentitud hacia la salida.


Fue Liborio quien me esperaba en un automóvil a las afueras del antiguo colegio. Había perdido toda su serenidad 
—¿Cómo mierda lo hiciste? —dijo, su nerviosismo no lo dejaba conducir y tuvo que detenerse frente a un baldío—. Lo escuché todo. Era perfecto. Era emotivo. ¿En qué momento se volvió el puto apocalipsis?
—Literatura que le dicen—respondí mientras revisaba la guantera—. ¿Te ha sucedido alguna vez que lees un poema, un cuento o una novela y sientes que tú pudiste haber escrito esas palabras?
—Todo el tiempo.
Me tomó dos minutos encontrar una paleta, quitarle el empaque con cuidado y luego metérmela a la boca:
—Eso es exactamente lo que sucedió allá dentro.
Estrada seguía sin entender.
—Con la pequeña diferencia que en este caso los académicos sí estaban escuchando sus propias palabras. Es fácil saber cómo reaccionarás si tienes 70 años y has pasado 45 de esos años, de cubículo en cubículo. Puedes soportarlo todo, que te roben, que se acuesten con tu mujer, que el contable huya con tu dinero. Lo que no puedes soportar es que usen tus palabras y no las entrecomillen. Eso, Liborio, si te dedicas a la vida académica, no lo permites.
—Quieres decir que….
—Saqueé aquí y allá sus discursos de aceptación en sus propias academias. Los parodié, invertí los sentidos. Para el resto de los escuchas era una argumentación perfecta, pero no para el auditorio que verdaderamente importaba. Eso no lo pudo ver el presidente. Y bueno, ya ves los resultados.
Le dije que me bajara calles más adelante.  
—Tu pago.
Me dio una maleta. La abrí para verificar su contenido. Arrancó.
Saqué aquella tesis de posgrado. La miré un largo rato. Tenía todavía mis correcciones a pluma. Liborio se la había robado a aquel chico. Ése que quiso acusarme de plagio y para asesorarse acudió con su maestro, quien evidentemente no lo ayudó. Pobre, aquel accidente que tuvo fue… bueno, fue terrible.
Tiré el empastado a un albañal. 

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