miércoles, 21 de enero de 2015

Las metamorfosis de la cabellera ficticia (F: Letras libres (Elisa Corona Aguilar))

Johan Huizinga, al escribir sobre el juego en Homo ludens, nos recuerda que somos algo más que seres de razón, a pesar de que los serios historiadores quieran ocuparse muy poco de este carácter irracional, casi trivial, de lo humano. En las actividades que producen el ocio y el tiempo libre es donde muchas veces se esconde nuestra esencia contradictoria, aquello que nos define y nos revela. Historia descabellada de la peluca, de Luigi Amara, explora precisamente un tema trivial, ocioso, de esos que poseen la permanencia de lo insignificante y que pueden explicar, a través de un simple objeto, las interrogantes de nuestra psique. No esperemos encontrar aquí un orden cronológico, un marco teórico que nos ampare del desorden y la digresión, o un listado infinito de datos sólidos. Lo que tenemos en cambio es un libro desorbitado, como su prólogo lo indica, una serie de ensayos que bien pueden ser leídos al antojo, pues personajes de tan diversos momentos históricos coinciden aquí solo por un pretexto común: la peluca que coronaba su identidad y sus intenciones. “Antes que un dispositivo de ocultamiento –nos dice el autor– la peluca es un antifaz mental, una contraseña para la metamorfosis, velo invisible y paradójico que excita a que nos reinventemos.” Amara señala también que la peluca, relacionada con la máscara o el disfraz, ha tenido su propia historia, “prosiguió una vida paralela fuera de esos espacios rituales, al margen del tiempo excepcional de los trances y las fiestas sagradas”. Es por esto que vale la pena dedicarle un libro entero. En la cabeza de Casanova o Mesalina, de Andy Warhol o Cindy Sherman, de Thomas Jefferson o Andre Agassi, la peluca ha adquirido diversos significados, algunos de ellos totalmente incompatibles, prueba de nuestra disparatada condición.
La prosa de Amara, artificiosa, decorativa, enredada como una peluca, abunda en expresiones cotidianas que lejos de ser una broma repetitiva sirven también para convertir este libro en un muestrario constante del lenguaje que circunda al cabello, lo cual es prueba de lo importante que es para nosotros su presencia, su estado, o en su caso, su ausencia y sustitución por medio de los postizos. “El vínculo entre el pelo y el horror es tan íntimo, tan espontáneo, que del erizamiento del pelo deriva la palabra misma”, dice Luigi para recordarnos que horreo significa “ponerse los pelos de punta”. En “Al otro lado del espejo del horror” y “Vendrá la muerte y tendrá peluca” se explican estos significados duales del cabello y la cabellera falsa, y cómo pueden hablarnos tanto de la vida como de la muerte: arqueólogos y profanadores de tumbas han descubierto que el cabello y su seducción no dejan este mundo con nosotros, continúan decorando incluso nuestra calavera en descomposición “con un esplendor y vitalidad que en tales condiciones roza lo macabro”. De igual forma, en “La peluca de Andy Warhol” y en “Una navaja de nombre guillotina” se muestra cómo la peluca puede defender causas opuestas de acuerdo al momento y a los ideales de quien la porta: prueba de vanguardia o de arcaísmo, de una pasión libertadora, revolucionaria, o de un espíritu monárquico a punto de caer por sus excesos. Estos ensayos tratan lo mismo de los grandes y pequeños momentos de la peluca en la historia, cuando se popularizó hasta el ridículo o cuando fue sustituida por la melena natural, cuando era moderada o por el contrario alcanzó alturas desproporcionadas, cuando era el elemento más vivo de las estatuas clásicas o cuando los jueces no podían hacer justicia sin ella.
Amara es capaz de dibujar a Kant, Descartes, Locke, Rousseau, Hume y otros tantos filósofos como una banda de empelucados que sin embargo fingen no otorgar ni una sola reflexión a sus postizos, ignorados y a la vez indispensables: “dos largos siglos en que el discurso elevado, expurgador acérrimo de lo trivial, no pudo prescindir del rito de ataviarse con pelos prestados”. A la luz de esta imagen es posible incluso cuestionar los ideales de “los paladines del sapere aude” y sospechar, “¿era [la peluca] un signo de distinción incluso para quienes no se cansaban de insistir en la igualdad entre los hombres?”.
El autor defiende su derecho (y el de todos) al fetichismo, como algo más que una patología, y lleva su obsesión al punto de afirmar que si tuviera que enviar un objeto a los marcianos, con la intención de describirles el sentido de la vida, este sería una peluca: un regalo fascinante, revelador y a la vez gran motivo de conjeturas para esos seres que imaginamos de cabeza calva e interesados en descifrar las reglas de la cotidianidad terrestre. La peluca alcanza significaciones cósmicas y futuristas que pocos se han detenido a notar: por decir una, la cabellera desprendida de Berenice que surca el firmamento y añora regresar a la cabeza de la reina, aunque esto solo sería posible si ocurriera una catástrofe cósmica que la hiciera caer con todos los astros; en este ensayo también tienen cabida aquellas series de televisión que no podían imaginar la ciencia ficción sin atavíos de pelo artificial brillante: una forma de volver más evidentes las fantasías eróticas detrás de las abducciones.
La peluca ha sido partícipe tanto de los grandes crímenes como de los grandes romances, motivo de repulsión y también de devoción y religiosidad en los cristos y vírgenes de las iglesias. Este libro señala lo que siempre ha estado ahí, frente a nuestros ojos y que, sin embargo, fingíamos no notar, tal vez por este temor a pasar por personas superficiales. Una de sus virtudes es hacernos reflexionar sobre nuestros propios acercamientos al mundo de las pelucas: recuerdo, por ejemplo, la ocasión en que acompañé a una amiga en tratamiento de quimioterapia a comprar una. En esa búsqueda por salones de belleza, nos impresionaron la variedad de colores, estilos y la gran diferencia, muy sonada, entre las de cabello natural y sintético. En nuestros andares encontramos más tiendas de las que creíamos haber visto y descubrimos incluso a una diseñadora en la ciudad de México que se jactaba de haber hecho pelucas para Jacqueline Kennedy. Fue ella quien más insistió en que las pelucas eran para todos, y que había detrás de ellas motivos y propósitos más diversos que simplemente ocultar la calvicie. El libro de Amara, cómplice de esta esteticista, vuelve visibles las metamorfosis de la peluca a lo largo de la historia y uno se pregunta cómo es que se ha podido vivir sin una para enfrentar día con día el teatro de la vida humana. ~

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