miércoles, 14 de enero de 2015

De magos, timadores y detectives (F: Letras libres)

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Un amigo mago me contó que una vez, después de un show de mentalismo (la rama del ilusionismo en la cual el artista simula leer la mente del espectador), una mujer del público fue a buscarlo a los camarines y le ofreció dinero a cambio de que curara a su hija de la grave enfermedad que la aquejaba. Él le explicó que no podía hacerlo, que no tenía ningún poder especial, que lo que acababa de realizar no era más que un truco. “Está bien —respondió la mujer—, pero igual, ¿no podrías intentarlo?”.
Mucha gente no necesita estar en una situación desesperada para creer que algunas personas tienen poderes sobrenaturales, la capacidad de curar, vaticinar el futuro o recomponer parejas con la mera ejecución de un ritual. Así es como prolifera la oferta de supuestos sanadores, videntes y mentalistas que se enriquecen empleando, a menudo, trucos de magia. En algún sentido, todos los timadores son ilusionistas que no revelan su carácter de tales.
Así como en la antigüedad se creía en una magia blanca capaz de contrarrestar la negativa magia negra, existen desde hace decenios magos buenos afanados en desenmascarar a los magos malos. Estos engaños, pesquisas, persecuciones y delaciones han proporcionado mucho material a la literatura, el cine y las series de TV. Magia a la luz de la luna, la última película de Woody Allen, es el caso más reciente.
En la película —situada en el sur de Francia, en 1928— Stanley Crawford (interpretado por Colin Firth) es un mago inglés que ha ganado prestigio mundial a través de una máscara: oculta su verdadera identidad detrás de la del mago chino Wei Ling Soo. Sin disfraz tiene otra ocupación: se dedica a desenmascarar a adivinadores, videntes y otros charlatanes. Es una especie de detective ultrarracionalista que, gracias a su vasto conocimiento de trucos y artificios, desentraña los efectos especiales de los embaucadores. Hasta que se topa con una especie de pitonisa a la que no puede descifrar…
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Woody Allen —mago aficionado desde su niñez— basó el personaje de Crawford en un caso real: el del estadounidense William Ellsworth Robinson, quien se hizo un nombre en el mundo de la magia cuando, a finales del siglo XIX, se mudó a Europa y comenzó a presentarse en sus shows bajo los ropajes de un mago chino llamado Chung Ling Soo. Para mayor verosimilitud de su caracterización, cuando estaba en el escenario se mantenía en completo silencio, ya que ignoraba minuciosamente el idioma chino. Su final fue trágico: murió de un disparo accidental durante la realización de un truco llamado “La bala atrapada”, en Londres, en 1918.
Veinte años antes, Robinson había publicado el libro Spirit Slate Writing and Kindred Phenomena (“Pizarras espiritistas y otros fenómenos similares”). Revelaba allí los trucos que los supuestos médiums utilizaban para simular la presencia de ánimas durante las sesiones espiritistas que organizaban y que tanto éxito tenían en esa época.
El prefacio del libro aclara que su autor no está en contra del espiritismo, sino que, “al contrario, fue educado desde su infancia en esta creencia, y aunque en la actualidad no profesa tales conocimientos, respeta los sentimientos de quienes son honestos en sus convicciones”. Y agrega: “No es el espiritismo lo que él combate, sino el fraude oculto bajo el aspecto de espiritismo”.
El Crawford de Woody Allen, en cambio, es un escéptico absoluto. Como Sherlock Holmes, no le da el menor crédito a ningún asunto con visos de paranormalidad. Hasta que, como decíamos, se cruza en su vida una pitonisa llamada Sophie Baker. Baker, sí, como la calle londinense en la que vivía el detective creado por Arthur Conan Doyle (quien era, por cierto, un gran cultor del espiritismo).
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La literatura ha imaginado, está claro, muchas otras clases de magos. En El libro del fantasma, Alejandro Dolina contó la historia de un ilusionista de apellido Rizzuto, que no sabía ningún truco pero soñaba con hacer magiaverdadera: golpeaba su galera con una varita y anhelaba que del interior surgiera una paloma. Eso nunca sucedía, desde luego, lo que le valía a Rizzuto el desprecio del público… hasta que una vez sí ocurrió. “Apenas si lo aplaudieron —dice Dolina—. Las muchedumbres prefieren un arte hecho de trampas aparatosas a los milagros puros”.
César Aira, por su parte, en su novela El mago, conjeturó el caso opuesto: un mago de verdad que, intimidado por el alcance de sus propios poderes y sin saber muy bien cómo emplearlos, se gana la vida imitando los trucos de los ilusionistas comunes y corrientes. Con la salvedad, claro, de que no necesita ensayar juegos de manos ni preparar complicados dobles fondos en sus recipientes. Le basta con hacer magia.
Como suele ocurrir en los relatos de Aira, la historia da un giro extraño y el mago decide dejar de lado las artes ilusorias para dedicarse a la literatura, después de que unos imprenteros que se dedican a editar libros piratas lo convencen de lo fácil que es. “¿Sabe escribir una frase? —le dicen—. Escriba muchas y es un libro. Cualquiera puede”. Según ellos, la gente no escribe más libros debido a una superstición: que, para hacerlo, hay que escribir bien.
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Tal vez el hecho de que no haya más adivinadores o mentalistas se deba a la superstición de que, para hacerlo, hay que hacerlo bien. Alejandro Borgo y Enrique Márquez, miembros del ya extinto Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP), publicaron en 1998 el libro Puede fallar, en el que reseñaban más de cien predicciones fallidas de diversos astrólogos. Casi dos décadas después, muchos de esos astrológos siguen aferrados a las listas de best-sellers cada diciembre con sus libros de pronósticos para el año siguiente.
El CAIRP formaba parte de la aún vigente Red Internacional Escéptica, compuesta por magos, científicos y periodistas de decenas de países empeñados en desmentir a las llamadas pseudociencias. Sus denuncias incluyen cuestiones tan variadas como la parapsicología, los ovnis, la homeopatía y las teorías conspirativas. La pobreza de sus éxitos la comprobará cualquiera que preste atención a las citadas listas de best-sellers o a los anuncios callejeros o que haga zapping durante cinco minutos.
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El francés Jean Eugène Robert-Houdin (1805-1871), considerado el padre de la magia moderna, dejó una frase célebre: “Un mago es un actor que representa el papel de mago”. En Magia a la luz de la luna, Colin Firth interpreta a Stanley Crawford, que se presenta como Wei Ling Soo, y también imita a William Ellsworth Robinson, que simulaba ser Chung Ling Soo. Este, a su vez, se había inspirado en Ching Ling Foo, un mago chino auténtico cuyo nombre real era Zhu Liankui… Podríamos parafrasear a Borges y preguntarnos qué mago detrás de este mago la trama empieza. Como él, desconoceríamos la respuesta.
Queda, en todo caso, la esperanza (o la ilusión) de que la verdad, al final, se impone. Cuando hace casi un siglo el truco de “La bala atrapada” sale mal, el mago Chung Ling Soo habla por primera y única vez sobre el escenario. Dice: Oh my God, something’s happened. Lower the curtain! (“Oh Dios mío, ha ocurrido algo. ¡Bajen el telón!”) En el momento último y fatal, el mago abandona sus ropajes: habla en inglés y es, otra vez, William Ellsworth Robinson. La identidad se revela y el misterio se esclarece justo antes del fin. Como en una aventura de Sherlock Holmes, digamos.

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