jueves, 7 de enero de 2016

Máquinas de escribir (F: Letras Libres)

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En los próximos días se cumplirán treinta años de la muerte de Juan Rulfo y los medios dedicarán múltiples textos a su recuerdo y homenaje. Ya la semana pasada, el diario madrileño El País publicó un artículo titulado “La máquina de escribir de Rulfo”. Cuenta que se trata de una Remington Rand Nº 17, conocida como Modelo 17 o KMC, una negra mole de casi 15 kilos de hierro que se fabricó entre 1939 y 1950, y que el escritor compró el 10 de noviembre de 1953. La familia conserva la máquina, así como el mecanuscrito original dePedro Páramo, “el último material escrito a máquina por Rulfo que se conserva”.
El autor de la nota afirma que “colocada sobre la mesilla del sofá, la máquina se ve como un cubo pesado”, y se pregunta “si Rulfo podría haber escrito un libro tan sustancial comoPedro Páramo en una MacBook Air de 1,08 kilos y 11 pulgadas con tecnología WiFi”.
Con otras palabras, este interrogante ya ha sido planteadomuchas otras veces: ¿influye el soporte sobre el que uno escribe en la forma en que uno escribe?
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Walter Benjamin escribió hace ochenta años que, en la era de la reproductibilidad técnica, la obra de arte perdía su aura. ¿Se podría decir que, en algún sentido, la obra literaria pierde su aura al ser escrita en un soporte tan lábil como un ordenador? Las palabras son tan frágiles en su pantalla… Estas mismas, las de este artículo, pesan, mientras escribo, menos que el aire: podrían borrarse de un plumazo, desvanecerse, convertirse en irrecuperables, en nada.
Sin embargo, una primera paradoja nos enseña que su carácter digital las hace, al mismo tiempo, más resistentes: en apenas segundos, es posible pegarlas en otro lado y hacer múltiples copias, enviadas por e-mail o guardadas en eso que llamamos la nube. Salvo casos muy particulares —en general, descuidos que desembocan en pequeñas tragedias— ya no hay originales perdidos, en nuestros días la esposa de Hemingway no perdería sus cuentos en una maleta, ni el personaje de Kenneth Branagh vería las páginas de su novela esparcidas en el río cerca del final de Celebrity, de Woody Allen.
Pero una segunda paradoja le da otra vuelta de tuerca a esta historia y nos explica que los textos que mejor resisten el paso del tiempo son los impresos en soportes físicos. Recuerdo el pasaje de una novela de Agustín Fernández Mallo: en el futuro, creo que a mediados del siglo XXI, alguien encuentra un mensaje de mucho tiempo atrás, un CD y un pequeño papel que habla de la importancia de la información guardada en el CD. Por desgracia para el personaje, lo único que puede leer es el mensaje en el papel, puesto que ya desde hace muchos años los reproductores para compact discs no existen.
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La levedad casi insoportable de las palabras escritas en la computadora —sobre todo cuando acaban de ser escritas, antes de presionar Control + G para guardar por enésima vez el documento, cuando recién salieron de la cabeza de su autor para convertirse en píxeles en la pantalla y por primera vez ese autor puede verlas y no solo escucharlas o pensarlas, y entonces es tan fácil que se arrepienta, que crea que en realidad no eran tan bonitas o tan precisas y entonces en realidad tal vez lo mejor sea seleccionar todo y con un botoncito tirarlo a la basura y volver a empezar—, esa ligereza, digo, ¿nos hace más perfeccionistas, más exigentes con nosotros mismos? ¿Borramos, ya que es tan fácil, una y otra vez lo que escribimos hasta dar con el vocablo o la combinación perfecta?
¿Las máquinas de escribir, en las que corregir lo ya escrito era bastante más incómodo, propiciaban dejar “así nomás”, por pura pereza, una frase que estaba bien pero podía estar mejor? Parece difícil, pero quién sabe. Quién sabe cuántas veces afeamos un texto cuando creemos embellecerlo, sin saber que para los demás, y para uno mismo en otro momento, sería mejor esa frase que escribimos y borramos porque no nos gustó y ya que con el teclado es tan sencillo…
No tengo respuestas para esas preguntas. Pero me viene a la mente el consejo de Abelardo Castillo en su libro Ser escritor: “Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito”.
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De las máquinas de escribir, en su momento, imagino que se diría lo mismo. En comparación con muchos manuscritos, los textos mecanografiados se ven tan prolijos que parecen bien escritos.
Supongo que, en realidad, toda nueva era tecnológica sustituye unos paradigmas por otros, y la nostalgia típica de cada cambio genera la sensación de que todo tiempo pasado fue mejor, y que fue mejor gracias a la tecnología utilizada. Rulfo podría haber escrito un libro tan sustancial como Pedro Páramo en una MacBook Air, pero para eso tendría que haber nacido al menos medio siglo después de cuando lo hizo, y en ese caso tal vez ya no necesitara, o no quisiera, escribir esa novela. Quién sabe. Repito que no tengo respuestas sino solo suposiciones, ni más ni menos válidas que las de cualquier otro.

jueves, 10 de diciembre de 2015

Códigos de la lucha llanera (F: Por Daniel Téllez "Letras libres")

La lucha libre en México tiene varios niveles. Las arenas de provincia son el equivalente al futbol llanero en donde desde 1933, año de la aparición de la lucha libre en nuestro país, los  luchadores mexicanos se juegan la vida en cuadriláteros que no reúnen las características apropiadas para cumplir con un “brillante desempeño”, como exhortaba el empresario Carlos Maynez a los luchadores, antes de subir al ring del Toreo de Cuatro Caminos, en la década de los años noventa. Estas arenas (como la Afición de Pachuca; el Cortijo en la colonia Romero Rubio, cerca del aeropuerto capitalino; la San Juan Pantitlán; la Azteca Budokan y Arena Neza en Ciudad Nezahualcóyotl, la Apatlaco y el Pavillón Azteca, entre otras itinerantes en Monterrey, Toluca, Orizaba, Puebla o Mérida) no cuentan con lona profesional sobre el encordado y el entarimado del ring se recubre con las lonas empleadas en el transporte de carga . Esta improvisación alcanza también a los promotores, quienes para “calentar lona” programan funciones efímeras por las que desfilan gladiadores famosos, novatos, aficionados, amantes de la lucha libre y enmascarados desconocidos que dejan ver que el espectáculo del pancracio se desarrolla en circunstancias extraordinarias.
Figuras de la baraja luchística nacional como Santo, Blue Demon, el “Indio Grande” Ray Mendoza, El Solitario, Aníbal, Mil Máscaras o El “Murciélago” Velázquez, concluían sus combates, en las arenas de provincia, con la espalda lacerada. Entre gritos e insultos indistintos de adultos y niños, y proyectiles de comida y vasos de cerveza, a las arenas chicas se va a sudar sangre y adrenalina. Los usos y costumbres que imperan entre los aficionados no reconocen el fino arte del llaveo y contrallaveo a ras de lona –la estrategia precisa para quitarse una llave mediante otra que aniquile a la primera. En las arenas llaneras, el código exige vuelos, sillazos, tablazos y el uso de objetos punzocortantes que dan sentido a la conocida frase “queremos ver sangre”. Todavía hoy luchadores activos de la vieja guardia, formados en la lucha grecorromana y olímpica, comparten escenarios con gladiadores que no se dedican a la práctica profesional del pancracio pero que gozan de prestigio dentro de su localidad porque se desempeñan con eficiente nivel luchístico. Estos últimos se hablan de usted con los primeros aunque después de la batalla compartan el pan en la misma mesa.
Los luchadores improvisados solo existen sobre el cuadrilátero y no se sabe de ellos hasta la siguiente ocasión en que son contratados. Sobreviven gracias a que desarrollan múltiples tareas y porque antes de subir al cuadrilátero hacen pactos de acuerdo a la categoría y el sueldo recibido. Quienes participan en las luchas estelares o semifinales reciben el mayor pago. Los de la segunda lucha apenas alcanzan algunos cientos de pesos, mientras que los de las preeliminares no reciben pago alguno, subirse al cuadrilátero es la mejor retribución a su apasionamiento. En el caso de que alguno de estos gladiadores sangre, pierda la cabellera o le sea arrancada la máscara, previo arreglo con los “programadores”, el pago aumenta. En esta lógica luchística, entre  escribas y fariseos, el código indica que nadie debe ser lastimado en extremo, aunque siempre hay excepciones.
Es posible encontrar en las arenas chicas adalides de las malas artes, como el inolvidable “Cavernario” Galindo o introvertidos luchadores que a la hora de los costalazos se transforman en infalibles depredadores de sus rivales. O en la tradición de los luchadores viriles, comoel trío “Los Dinamita”, célebre en la última década del siglo pasado (Carmelo Reyes, Máscara Año Dos Mil y Universo 2000), autonombrados como “los verdaderos reyes de la lucha mexicana”. No faltan personajes excedidos de peso, vastos de vientre y también de afecto y de empatía, a la usanza del sensacional Tonina Jackson, Tamba o Súper Porky.
En toda arena de barrio hay un Gardenia Davis, pionero de los “exóticos” en la lucha libre mexicana. El modo de rizar la melena, perfumar la piel, desinfectar al adversario y declarar públicamente la guerra a los microbios y el amor a las orquídeas, además de contar con un ballet en el escenario, puso los ingredientes para un genuino montaje escénico que ensayaron otros exóticos como Adorable Rubí, Pimpinela Escarlata, My Flower´s, Ruddy Reyna, Casandro y, recientemente, Máximo. A ese ensayo del odio en el cuadrilátero, siempre responde a golpes, un tosco macho gladiador. La polémica que encendía el Charro Aguayo para aniquilar el andar de Gardenia Davis, mediante desplantes de hombre hecho un energúmeno, después la hicieron suya Sangre Chicana, Emilio Charles Jr., Satánico, Pierroth, entre otros. Comentario aparte merece la incursión femenina en las arenas llaneras. Es conocida la censura,  discriminación y animadversión de los varones luchadores porque, en un tiempo, las mujeres aparecían en el cuadrilátero con exceso de peso e imagen poco femenina. Aunque se tardaron en lograr reconocimiento, las mujeres hoy son legión en las arenas de lucha. Cabe recordar que durante muchos años la lucha femenil estuvo prohibida por disposición del entonces “regente de hierro”, Ernesto P. Uruchurtu, cuando el novelista Luis Spota presidía la Comisión de Box y Lucha del Distrito Federal.
En la memorabilia sobre las arenas llaneras aparecen cargadores, voceadores, locatarios de mercados y boleros, entre los tipos populares que dan vida al mosaico de luchadores improvisados: gordos, enanos, aprendices, damas y “exóticos”. El público se regodea del porte y físico del luchador, villano o héroe, desnudo de ropa, porque pone en entredicho las reglas del honor, como en la vida real, y el espectáculo incorpora al fanático como el director de escena que entre señas indecorosas y oraciones imperativas y malévolas construye un satisfactorio clímax colectivo. Con gran acierto, Salvador Novo se refería a este espectáculo como “las luchas libres”, porque cada función devela luchadores que son actores populares en más de un sentido teatral.

viernes, 24 de abril de 2015

¿Cómo organizar una cata de vinos en casa? (F: Cocinando.com)


Desde el ambiente, la iluminación de la sala, el mantel, las copas… Todo cuenta para organizar una cata de vinos en casa. Y sobre todo, los vinos. ¿Cómo escogerlos? ¿En qué orden debemos catarlos?   

¿Cuál es el mejor momento del día para organizar una cata en casa?

Los mejores momentos para organizar una cata en casa son antes de las comidas principales (almuerzo y cena).  De este modo, nuestros órganos están más receptivos y limpios de aromas y sabores de comidas anteriores.

Preparación del ambiente para una cata en casa
El espacio debe ser agradable, a unatemperatura entre 18 y 20ºC, para que nos sintamos cómodos y así estemos más receptivos.
Es importante que la sala esté bien iluminadapara poder apreciar las gamas cromáticas de los vinos. Lo ideal sería la luz natural o lo más parecido, pero si no es posible, se recomienda que la luz sea blanca, y nunca de fluorescente, pues este modifica las gamas de colores de los vinos.  Con el mismo objetivo de apreciar las variedades cromáticas del vino, es importante disponer sobre la mesa un mantel blanco.
Por otra parte, para apreciar los aromas de los vinos, la estancia debe estar bien ventilada,sin olores externos: tabaco, ambientadores, incienso, perfumes, etc.
Además, es necesario poner panecillos en la mesa, e incluso agua, para poder matar el sabor entre vino y vino a catar. Y de modo opcional, se puede poner un escupidero.

Las copas para la cata de vinos
Además de adecuar la forma de la copa según los vinos que se vayan a catar, lo ideal sería disponer de una copa para cada vino que se vaya a catar, para así poder compararlos mejor y observar su evolución a medida que se oxigenen en la botella.  
Es recomendable que el interior de las copas de cata no se lave con jabón para evitar los posibles restos a la hora de probar los vinos. Lo mejor es lavar la parte exterior y la que toca los labios.
A su vez, si las copas tienen algún olor residual (a cartón si han estado guardadas, a humedad, etc.), lo mejor es agitarlas mientras están vacías para tratar que desaparezcan.

Cómo elegir vinos para una cata en casa

Para organizar una cata en casa se podrían partir de unas cuatro botellas de vinos distintos, teniendo en cuenta que con cada botella se pueden llenar entre 6 y 8 copas (a la hora de la cata, llenar implica cubrir un tercio de cada copa).  La elección de los vinos dependerá de los gustos de los invitados, pero cabe tener en cuenta que existen dos tipos de catas básicas:
-Cata horizontal, realizada con vinos de una misma denominación de origen y una misma añada, para así poder conocer los vinos de una determinada zona vitivinícola.
-Cata vertical, realizada con vinos de una misma bodega, pero de diferentes añadas, para conocer así la evolución del productor.


El orden de cata de los vinos
La cata se empezará por los vinos más ligeros y suaves, los jóvenes, y se irá progresando según su complejidad  (crianza, reserva, gran reserva), a la par que debe seguirse el orden de la añada. Lo recomendable sería no mezclar vinos, de manera que si se hace una cata de vinos tintos, se deja para otra sesión la cata de vinos blancos. Aun así, si se decide mezclar, cabe tener en cuenta:
-Los vinos espumosos como el cava se catan primero, excepto si son espumosos rosados, que se catan después de los blancos.
-Los vinos blancos se catan antes que los vinos rosados y que los vinos tintos.

Placeres en reposo (F: Letras libres)

La búsqueda de aventuras psíquicas y catarsis intensas es un ideal de vida irrenunciable para los jóvenes que no soportan la idea de integrarse al orden social. Todo límite en el alcohol o las drogas les resulta chocante, porque a su edad, la locura y el placer no se contraponen. Como es imposible o suicida mantener ese trote en la madurez, muchos partidarios de la desmesura hemos tenido que “sentar cabeza” por instinto de conservación. El primer descubrimiento amargo de un adulto parrandero es que, a partir de cierta edad, los placeres son excluyentes: no puedo ser buen amante si me emborracho tres veces a la semana, de modo que debo elegir entre el alcohol y el sexo. A partir de entonces, la supervivencia se vuelve una dolorosa cadena de renunciamientos, porque el abandono gradual de los vicios nos obliga a soportar una dosis de realidad cada vez mayor. Algunos experimentan esa enmienda forzada como una claudicación frente “al más humillante de los mitos higiénicos, principal avasallador de nuestra modernidad, el mito de la vejez sana y activa como fin supremo de la vida”, según lo definió Fernando Savater en El contenido de la felicidad. Pero incluso los que aborrecemos ese repugnante mito, debemos optar entre la detestable mesura o una decrepitud anticipada cuando la necesidad de evasión entra en conflicto con la resistencia física.
Savater no ridiculiza en su ensayo el estilo de vida epicúreo sino, más bien, la vulgata epicúrea difundida por los charlatanes que intentan negar el dolor y la muerte, pero quizá valga la pena contraponer sus ideas con los principios de esa filosofía. Compendiada en las Vidas de los filósofos ilustres de Diógenes Laercio, la doctrina de Epicuro es quizá la única defensa filosófica del cuerpo sano que no huele a sermón, y como tampoco limita los placeres carnales, probablemente sea el único ideal de vida que puede oponerse con éxito a la mística de la disipación. Satanizado en vida por algunos de sus contemporáneos, que lo tachaban de pornógrafo y borracho, Epicuro no creía que pudiera existir la felicidad sin placer “pues yo desde luego, no sé cómo imaginar el bien si suprimo los placeres de los sabores, si suprimo los del sexo, los de los sonidos y los de la forma bella”. Santo patrono de los sibaritas, Epicuro mereció también la condena unánime de la moral judeocristiana por haber elevado el placer al rango de las virtudes teologales.
Pero los placeres que Epicuro vindicaba no eran nocivos para la salud, ni para la vida comunitaria. “No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir con placer.” Es decir que, para Epicuro, la insatisfacción de los deseos naturales era tan peligrosa como los vicios depredadores. En otras palabras, era un enemigo de la represión sexual y un partidario de “llevársela leve” en materia de euforia inducida, para no cruzar la frontera donde el placer se convierte en dolor. Panegirista de los “placeres en reposo” (la serenidad y el bienestar físico), advirtió que sin ellos nadie puede disfrutar tampoco de los placeres activos, es decir, las arrebatadoras alegrías del cuerpo y el alma. Madurar, según su doctrina, significa renunciar a los placeres superfluos para seguir gozando los esenciales, mantener en buen estado el cuerpo, no porque así lo mande el ser supremo, sino para prolongar nuestra vida pecadora. No pretendo restar validez a la opción, elogiada románticamente por Savater, de “quemarse las entrañas con ácidos, alcoholes y alcaloides buscando la definitiva desmesura”. Pero los que nos quedamos al filo del precipicio, ¿podemos rendirles homenaje a los que saltaron? ¿De verdad envidiamos su suerte desde nuestro cómodo apego a la vida?
El aparente desdén que los jóvenes profesan a la salud, a la luz de mi propia experiencia, es un efecto colateral de su propio vigor desbordado. Cuando el cuerpo está en su apogeo, cuando la fisiología funciona a la perfección, nos sentimos invulnerables y exploramos los laberintos del alma para reafirmar nuestra ilusión de inmortalidad. Bebemos o consumimos drogas para exacerbar una hiperestesia que nos parece ilimitada, no porque tengamos la intención de quemar la vida con rapidez. Todo joven siente, como López Velarde, que el cuerpo es “la nave de los hechizos”, pero el precio de querer prolongar una navegación turbulenta más allá de los treinta o cuarenta años es sacrificar los placeres en reposo, sin los cuales tampoco gozamos los paraísos artificiales. Un joven borracho, mariguano o adicto a las drogas duras puede coquetear con la locura sabiendo que después recuperará la serenidad, pero, a partir de la madurez, el alma ya no vuelve a ese puerto, y por lo tanto la travesía deja de ser grata. ¿Qué tanto podemos asomarnos a la locura sin arruinar el placer que nos proporciona? Epicuro no respondió a esa pregunta, pero nos previno contra el error juvenil de confundir la serenidad con el tedio. Los placeres en reposo son el caldo de cultivo de la ebullición creativa y quizá el reto de la edad madura sea encontrar en ellos la fuente de la embriaguez. ~

jueves, 23 de abril de 2015

La grenetina (Abril 2015) (Soy chef)

La grenetina
Los antiguos egipcios, entre muchas otras cosas, fueron de las primeras culturas en dejar rastro de aprovechar por completo lo que la naturaleza les daba. Un animal, no solamente les proveía alimento con su carne, sino que los investigadores egipcios se dedicaban a explorar cada parte del cuerpo y encontrarle algún provecho alimenticio o para la salud. Hace más de 3500 años, descubrieron que las pieles y los huesos de los animales desprendían cierta sustancia espesa cuando se cocinaba, con esto podían gelificar los líquidos. También existen registros del ejército de Napoleón, quien utilizaba la gelatina para alimentar a sus tropas por su contenido nutricional.
Por definición, la grenetina es un coloide obtenido al hervir los tejidos conectivos de los animales, en su estado puro es incolora, insípida e inodora. Nutricionalmente se han descubierto sus ventajas, ya que está constituida en un 95% de proteína, el 5% restante no es más que agua y es la forma más pura de colágeno; un compuesto imprescindible para el desarrollo de los huesos, cartílagos, cabello, uñas y piel en los humanos.
Para conocer este ingrediente, nos acercamos a Gelita, una empresa alemana que por más de 150 años se ha dedicado a la elaboración de la grenetina, con propósitos tanto alimenticios como cosméticos y es la principal productora de este ingrediente. También, esta empresa es la única que fabrica las láminas de grenetina que los cocineros alguna vez hemos utilizado por su practicidad y facilidad de mesura, en México, esta empresa tiene más de 45 años y son los proveedores de marcas líderes como Jello.
En realidad, la grenetina es colágeno sin hidratar y no era por casualidad que a todos nos alimentaban con gelatinas cuando éramos pequeños, es un alimento por excelencia y pertenece a casi todas las tradiciones culinarias del mundo, es por ello que en la gastronomía se han explorado sus aplicaciones desde tiempos remotos. Gelatinas, brillos, salsas, mousses, terrinas y un sinnúmero de aplicaciones en la cocina salada y en la repostería. El colágeno obtenido de la piel de los animales es también un compuesto básico para la industria farmacéutica y cosmética, y es el ingrediente principal que en Gelita utilizan para fabricar la grenetina en láminas y en polvo.
En esta fábrica utilizan únicamente la piel de la vaca y contrario a lo que muchas personas piensan, no se utilizan los huesos y los cartílagos, de alguna manera se está aprovechando al máximo lo que estos animales ya nos brindaron. Las pieles se analizan dentro de la fabrica para asegurar su calidad y grado alimenticio, posteriormente se cocinan en agua a temperaturas que oscilan entre los 60º y los 80º C, obteniendo en el líquido todo el colágeno. Este líquido es filtrado minuciosamente para separarle de cualquier elemento no deseado y se enfría. Luego, lo desecan a 50º C para después pasarlo por los molinos y convertirlo en polvo. Diariamente, en esta fabrica se empacan alrededor de 20 mil kilogramos de grenetina en polvo, lista para ser enviada a las empresas que la transforman en muchos productos alimenticios y cosméticos.